Tres años buscando alquiler en Madrid y se marcha: "Me sentí limitada"
Una familia abandona Madrid tras casi tres años sin lograr un alquiler: los pisos a su alcance se comían el 45% de sus ingresos.

Tener trabajo y nómina no basta para alquilar en Madrid. Lo resume el caso de Dory Escalante, una venezolana de 35 años que llegó a la capital en octubre de 2023 con su marido y su hija pequeña y que, después de casi tres años buscando piso sin éxito, ha acabado mudándose a Mislata, en el área metropolitana de Valencia. Su historia, recogida por El Español, retrata un mercado del alquiler en el que los sueldos medios se han quedado fuera de juego.
Tres años en casa de la suegra
Durante todo ese tiempo, la familia vivió en casa de su suegra. No fue una elección: sencillamente nunca lograron cerrar un contrato. "Nunca conseguí alquilar", resume ella, que describe la búsqueda como una carrera de obstáculos en la que el primer filtro era la simple falta de respuesta. De cada cien anuncios que le interesaban, calcula, apenas recibía cinco llamadas.
Cuando lograba hablar con un propietario, aparecía el segundo muro: la documentación. Le pedían papeles que todavía no tenía, como la declaración de la renta, y tener una niña pequeña tampoco jugaba a su favor. Ni siquiera recurrir a una amiga con más antigüedad laboral para reforzar la candidatura sirvió de nada. "Si cumplíamos con los requisitos, aun así nada", lamenta.
El 45% de los ingresos en el alquiler
Los números terminaron de cerrar la puerta. Las opciones que podían plantearse se llevaban al menos el 45% de los ingresos familiares, muy por encima del umbral que se considera razonable. Al principio de la búsqueda encontraba pisos de entre 50 y 60 metros cuadrados por unos 1.200 euros al mes; en los últimos meses, lo que veía se movía ya entre los 1.500 y 1.600 euros.
La comparación con los salarios es demoledora: un trabajador del sector eléctrico como ella puede cobrar entre 1.400 y 1.600 euros mensuales. Es decir, una nómina entera para pagar la renta. A eso se sumó la imposibilidad de ahorrar: después de cobrar y cubrir los gastos corrientes, no quedaba nada que apartar. "Me empecé a sentir estancada y más lejos de mi objetivo", cuenta.
Una oportunidad laboral y la salida
A finales de mayo planteó a la empresa en la que trabaja, un centro de formación, la posibilidad de mejorar su sueldo o trasladarse a una ciudad más barata. La apertura de un nuevo centro en Valencia le dio el puesto de responsable del área académica y, con él, la salida. En junio empezó a buscar vivienda allí y acabó firmando por un piso reformado de unos 60 metros con balcón, por 1.050 euros al mes. La cifra no es baja, pero el salario es mejor y otros gastos, incluido el colegio de la niña, pesan menos.
Su diagnóstico sobre la capital es directo: considera que las familias con ingresos medios no pueden competir con perfiles de rentas altas ni con nómadas digitales. Entre risas, resume el nivel de exigencia que encontró: "El proceso de conseguir un alquiler era más complicado que solicitar una hipoteca".
No es un caso aislado. Durante su etapa en Madrid conoció a otras personas que acabaron marchándose a ciudades como Zaragoza o Murcia por el mismo motivo. La presión del alquiler atraviesa la vida de la región y salpica a otros sectores: también las librerías de Madrid señalan los alquileres como principal amenaza para su supervivencia, y el malestar por la vivienda ha llegado a la calle con la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol.
Si hubiera encontrado un piso a un precio asumible, admite, quizá se habría quedado. "Pero la oportunidad laboral en Valencia apareció en un momento en el que sentía que no podía progresar y no me lo pensé".
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Elaborado a partir de información publicada por El Español Madrid · Fuente primaria: documento original